¿Cuál es tu objetivo?
¿Cuál es nuestro objetivo? Porque de ello depende el camino que tomemos. A veces ese objetivo parece casi correcto, pero ese “casi” puede determinar toda nuestra vida—no solo en este mundo, sino también en el venidero.
3/23/20264 min read


Esta mañana, mientras me preparaba para el sermón, abrí la Biblia y me encontré con el capítulo 15 de Hechos. Después de leerlo, surgió una pregunta: ¿por qué hay un espectro tan amplio de opiniones? ¿Y por qué, en general, entre los hijos de Dios—que deberían ser guiados por el mismo Espíritu Santo—surgen tales desacuerdos y diferencias de opinión que incluso fue necesario convocar en Jerusalén una reunión especial de los ancianos y de la iglesia?
“Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos…” (Hechos 15:1-2)
En Jerusalén tampoco fue fácil resolver el asunto:
“Y después de mucha discusión…” (Hechos 15:7)
Finalmente, se tomó una decisión con requisitos mínimos para los gentiles creyentes:
“…que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación.” (Hechos 15:28-29)
¡Qué amplio espectro de opiniones! Desde cumplir la ley de Moisés hasta requisitos mínimos que incluso a los no creyentes no les sería difícil cumplir. Por supuesto, al leer la Biblia entendemos que estos requisitos están lejos de ser suficientes. En ese momento, lo más importante era resolver la cuestión de la circuncisión, y Jacobo sabía que la enseñanza de Pablo y de los demás hermanos completaría estos requisitos básicos.
Pero aun así, ¿por qué un espectro tan amplio de opiniones? Incluso hoy vemos en el cristianismo diversas enseñanzas, interpretaciones y denominaciones. Todos tienen su “verdad”. Entonces, ¿quién tiene la razón?
En primer lugar, debemos preguntarnos: ¿cuál es nuestro objetivo en la vida? Porque una persona ajusta todas sus acciones, su tiempo y su entendimiento según su objetivo. Elige aquello que se ajusta a sus metas.
Por ejemplo, un deportista que quiere lograr buenos resultados y ganar algún título se disciplina, sigue un horario, corre por las mañanas, evita malos hábitos, controla su alimentación, entrena a diario, etc. Tiene un objetivo. Toda su vida gira en torno a ello.
Por eso, su forma de pensar será distinta de la de alguien que no tiene objetivos y simplemente vive para su propio placer. O de alguien cuyo objetivo es ganar dinero, viajar por el mundo u otras cosas.
Por supuesto, ante los ojos de Dios, todos estos objetivos carecen de valor—todos los objetivos de este mundo son vanidad, como escribió el rey Salomón. Nosotros, los creyentes, hemos sido:
“rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres” (1 Pedro 1:18)
Sin embargo, incluso entre los creyentes los objetivos difieren.
Algunos buscan conocer a Cristo. Otros necesitan a Dios para recibir bendiciones, sanidades, o para que resuelva sus problemas, o simplemente para que no interfiera en sus vidas.
Últimamente he visto anuncios de seminarios sobre cómo ganar dinero con la ayuda de Dios. El organizador testifica que antes le costaba mucho salir adelante, hasta que empezó a usar ciertas citas bíblicas, y entonces comenzó a prosperar. No faltaron quienes quisieran aprender su método—en el anuncio se veía una sala llena de tales “empresarios”.
Este tipo de aspiraciones es bastante común en el mundo occidental.
Son cristianos que se enfocan más en esta vida que en la venidera. Necesitan resultados aquí y ahora. No buscan un conocimiento más profundo de Cristo. Buscan beneficios prácticos. Dios debe bendecirlos—al fin y al cabo, son sus hijos.
Y hay muchos así. Al menos así lo dice el apóstol Pablo:
“Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre… que sólo piensan en lo terrenal.” (Filipenses 3:18-19)
Se sienten seguros, satisfechos:
“Porque tú dices: Yo soy rico… y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.” (Apocalipsis 3:17)
Y también:
“Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.” (1 Corintios 15:19)
Mientras tanto, la mirada del verdadero cristiano va más allá de esta vida.
El apóstol Pedro dice que el objetivo de nuestra fe es la salvación de nuestras almas (1 Pedro 1:9).
Esto solo es posible mediante el conocimiento de Cristo.
“Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová…” (Oseas 6:3)
“Por esta causa doblo mis rodillas… para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento…” (Efesios 3:14-19)
En otra carta, Pablo escribe cómo se esforzaba por conocer a Cristo:
“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo… y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús… prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús… prosigo a la meta…” (Filipenses 3:7-14)
Este objetivo no es fácil de alcanzar. Requiere esfuerzo.
“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.” (Mateo 11:12)
Requiere dominar el cuerpo:
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” (Juan 12:24)
Pablo dice:
“Cada día muero.” (1 Corintios 15:31)
Y también:
“…corred de tal manera que lo obtengáis… sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre…” (1 Corintios 9:24-27)
Por lo tanto, los cristianos tienen diferentes objetivos.
Volviendo a Hechos 15—ese objetivo puede ser “casi correcto”. Pero ese “casi” es crucial.
¿Cuál fue el problema de los fariseos? Eligieron el objetivo equivocado. Su objetivo era cumplir la ley, no conocer a Dios:
“Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.” (Oseas 6:6)
Hoy también hay cristianos que se centran en cumplir ciertas leyes (por ejemplo, el sábado), como los fariseos en la circuncisión.
Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
(1 Corintios 13:13)
¡Descubre el propósito de tu vida!