Si no os volvéis como niños
Cuando nos relacionamos unos con otros, nos ponemos ciertas máscaras. A veces limitamos la información, a veces la presentamos desde otro ángulo, según lo que nos resulte más conveniente. Y nos acostumbramos tanto a ello que ni siquiera nos quitamos esas mismas máscaras cuando nos relacionamos con Dios…
2/3/20263 min read


Llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». (Mateo 18:2–3)
Probablemente muchos de nosotros hemos notado que la relación con otra persona adquirida en la infancia o en la adolescencia es mucho más fuerte que la adquirida siendo adultos. Yo mismo muchas veces me he sorprendido de cómo, al encontrarte con un compañero de clase al que no has visto durante veinte o treinta años, puedes comunicarte con él con total naturalidad, como si nos hubiéramos separado hace poco. Incluso si esa amistad en la infancia duró solo unos pocos años.
Y al contrario, puedes relacionarte estrechamente con una persona (por ejemplo, en el trabajo o incluso en la iglesia) durante diez o más años, pero sientes que no existe esa conexión, esa comunicación libre que tienes con aquel compañero de clase; sientes que nunca llegaste a conocer completamente a esa persona.
¿Por qué sucede esto? Porque los niños todavía no saben distinguir qué “se puede” decir y qué no. Aún no tienen objetivos o ambiciones personales, no piensan tan a largo plazo; viven el día de hoy. Para ellos, el mañana es preocupación de los padres.
Por eso: «No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? … Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». (Mateo 6:31–33)
Cuando una persona crece, ese tiempo abierto, sincero y despreocupado termina. Aparece la competencia, la comprensión de que hay que lograr algo en la vida, establecerse en ella, superar a otros, alcanzar más que ellos. El ser humano, guiado por estos nuevos objetivos, empieza a limitar la información, a decir no lo que piensa, sino lo que conviene a sus metas. Aparecen la hipocresía, la falta de sinceridad, etc., y al mismo tiempo intenta no sobrepasar ciertas normas y conceptos establecidos sobre el comportamiento adecuado (como los fariseos).
La persona se reviste de una especie de caparazón bajo el cual nunca se puede ver completamente su corazón. Eso es algo que no existe en la infancia: los niños son abiertos y sinceros, dicen lo que piensan. Por eso una relación o amistad formada en la edad adulta nunca igualará a la que se formó en la infancia.
Por supuesto, aquí hablo de personas que no creen. Entre los creyentes no debería ser así. Debería ser al contrario: nosotros, al relacionarnos unos con otros (y sobre todo con Dios), debemos llegar a ser como niños, sin pensamientos ocultos, sin miedo de ser malentendidos o de que eso pueda dañar nuestra reputación o, peor aún, nuestra “carrera” en la iglesia. Tales creyentes no entrarán en el reino de los cielos.
Por supuesto, no digo que debamos abrirnos a las personas del mundo; incluso puede ser peligroso. «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen». (Mateo 7:6)
Lo peor es que esa falta de apertura, ese dosificar la información y decir lo que conviene, comenzamos a aplicarlo también en nuestra relación con Dios. Tenemos miedo de confesarle en oración que amamos el mundo (o ciertas cosas del mundo) más que a Él. Persiguiendo nuestros propios objetivos y el reconocimiento entre las personas, presentamos esto a Dios como si fuera servicio para Él, etc.
No entraré ahora en detalles; cada uno, si observa, puede ver estas cosas en todas partes: también en la iglesia y, por supuesto, en sí mismo.
«Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa». (1 Corintios 5:7)
Por eso, hagámonos como niños para entrar en el reino de Dios.
Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
(1 Corintios 13:13)
¡Descubre el propósito de tu vida!